La imagen del poderoso Henry Paulson, secretario del Tesoro de Estados Unidos, literalmente arrodillado ante la presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, suplicándole que aprobara el plan de rescate ideado por el Gobierno de Bush, pasará a la historia como el reflejo atemporal de un terremoto que marcó el desenlace de una era. De ahora en adelante, ya nada será lo que fue. El catacrack de Wall Street ha arrastrado a dieciséis grandes multinacionales, ha dejado en vía muerta a más de trescientos bancos y ha sumido en el abismo a cientos de miles de familias, muchas de las cuales ni siquiera disponen de seguro médico.A estas alturas, las consecuencias del desplome de la estructura financiera de la primera potencia mundial son todavía imprevisibles, aunque, al respecto, el ministro alemán de Finanzas, Peter Steinbrück, se ha atrevido a vaticinar que la Casa Blanca perderá el liderazgo económico del mundo. Palabras mayores pronunciadas, curiosamente, la misma semana que un astronauta chino flotaba en el cosmos ondeando la bandera de su país. Cosas del destino.
A mi juicio, la economía de EEUU ha sido envenenada por una avaricia de proporciones insaciables, una patología plagada de suficiencias erróneas que ha llevado a la mayoría de sus bancos a asumir el riesgo de conceder hipotecas a personas sin nómina, sin empleo y sin propiedades, permitiéndose luego el lujo de intoxicar con ellas los mercados internacionales.
Pero el origen del problema es, en este momento, un asunto menor que le permitirá a algún economista anglosajón ganar el Premio Nobel; para mí, en la aldea global que profetizó Marshall McLuhan, lo importante son las soluciones.
A propósito, hay quien, desde el más profundo y tozudo de los adoctrinamientos, se felicita por ver a EEUU aprobando medidas intervencionistas, al parecer, estas personas ignoran que la Reserva Federal –la supuesta redentora- es una entidad privada. Así es y lo ha sido siempre desde su creación en 1913. A ver si se enteran.
Con todo, a mí el plan de Bush me parece un esperpento que sólo servirá para prolongar la crisis. Milton Friedman demostró que las políticas intervencionistas del 'New Deal' fueron un lastre, mientras que Friedrich A. Hayek desmontó las economías planificadas. Yo apuesto por no compensar a los que nos han hundido, primero porque no todas las entidades financieras merecen ser salvadas -¡son las culpables, no las victimas!- y segundo porque los contribuyentes no obtendrán ningún beneficio directo.
Por cierto, hablando de beneficios, ¿saben cuánto cobraron el año pasado los principales ejecutivos de las multinacionales quebradas? 250 millones de dólares.
Nos toca pagar el precio de su codicia.
José-Domingo Lázaro Álvarez
josedlazaro@yahoo.es
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