A la historia se le podría aplicar ese dicho tan italiano del si non e vero e ben trovato, y lo es porque parece encajar a la perfección con esa mala baba intrínseca que, quienes le conocen, dicen que esconde el jefe del Ejecutivo, José Luis Rodríguez Zapatero. Mala leche no necesariamente acompañada de buen juicio, como ha demostrado al convertir el nuevo modelo de financiación autonómica en una infatigable partida de póquer. Sin enseñar sus cartas, sin firmar un solo papel que le comprometa, Zapatero ha ido desactivando a toda prisa el clamor de la mayoría de presidentes autonómicos e incluso ha metido una hábil cuña en las filas del PP. Vendrán más. La habilidad demostrada en el regate corto le ha llevado a prometer un nuevo café para todos mediante la emisión de déficit, algo que, en términos de daño diferido a las futuras generaciones, es una opción inaceptable tanto desde el punto de vista económico como social.
Paradójicamente, la envergadura de la crisis ha legitimado ese camino. El presidente del Gobierno ha transmitido la idea de que con su modelo será capaz de completar un traje a la medida de cada autonomía. Con la sartén por el mango, ha tenido prisa por cerrar el sudoku, entre otras cosas, para que no envenene una cita electoral inminente –el 1 de marzo– como es la gallega. Por el camino, aunque haya pasado desapercibido, José Luis Rodríguez Zapatero también ha dejado algunas heridas en su propia casa.
En efecto, y según cuentan a Garganta Profunda, el jefe del Ejecutivo ha enturbiado la hasta ahora férrea relación entre el presidente gallego, Emilio Pérez Touriño, y el presidente asturiano, Vicente Álvarez Areces. Ambos no solamente son compañeros de partido, sino que además son amigos. O, al menos, lo eran. Los rumores de ruptura, o al menos de distanciamiento, se dispararon después de que Touriño exigiese el "coste diferencial" que supone tener dos idiomas. Zapatero, claro está, dijo que sí.
Ello, siempre según las mismas fuentes, pilló con el pie cambiado a Álvarez Areces que sumó su propia petición extraordinaria y se lanzó a reclamar una compensación por la reconversión que sufrió la industria asturiana en los ochenta. Olvidada quedaba la sintonía y el apoyo mutuo entre los presidentes que había llevado a Emilio Pérez Touriño a firmar un documento de Vicente Álvarez Areces en el que se defendían unos criterios irrenunciables en el reparto de los fondos estatales y cuyo objetivo final era frenar la voracidad de Cataluña.
De aquel frente ya no quedan ni las migajas. Cada uno se preocupa de defender lo suyo. Cuando se hable de cifras, las cosas pueden complicarse aún más. Para Emilio Pérez Touriño y Vicente Álvarez Areces puede haber comenzado una nueva etapa. Como en las guerras, cuando la situación se hace desesperada: cada soldado, para sí.
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