Por Lorenzo de Ara
El Santo Padre visita Francia. Alegría. El laicismo del estado francés no impide que el Papa se sienta como en casa. Francia está con Roma. El presidente de la República y Benedicto XVI dialogan y han vuelto a sentar las bases de un diálogo leal, constructivo y directo. También respetuoso.
La visita a Francia me produce una envidia indescriptible.
Mientras tanto, en la España de los votantes aborregados, el Santo Padre es calumniado e insultado. Se hace todo lo políticamente posible (y correcto) para que no se le pase por la cabeza visitar nuestra patria común; todavía.
Los pacifistas que se regodean de pastar en el averno del relativismo no son sensatos.
Ellos, ahora en el poder, prefieren mantener unas relaciones tensas, irrespetuosas y llenas de curvas tortuosas.
La iglesia de Pedro es para Zapatero una piedra más en su camino.
El inquilino de la Moncloa se siente más cómodo y mucho más libre cuando visita Turquía y se aferra al Islam.
Esa controversia en un demócrata es la quintaesencia del presidente de once millones de españoles.
Sarkozy vuelve a dar ejemplo de inteligencia y de humildad. Se reúne y dialoga de tú a tú con el representante de miles de millones de personas en la Tierra. La voz de Cristo, la palabra del Salvador es tenida en cuenta en una vieja nación europea que sabe discernir.
Los afrancesados siguen sin poder enraizar sus raíces en España, y menos aún con el socialismo ramplón y anticatólico que nos manda.
Los españoles llevamos más de cuatro años viviendo en el centro del ojo del horacán llamado ZP. Es de categoría 5 y lo destruye todo a su paso. Es un huracán político que se ceba con los demócratas. Tras su paso, cual Atila sobre el caballo, apenas crece la hierba y, por supuesto, los valores que han hecho posible nuestro avance social se convierten en trizas de un pasado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario