Un joven amigo, inteligente y emprendedor, dice que lo más grave de esta crisis económica y de bolsillo es que hasta hace poco meses, el hombre más fuerte de España mantenía que no había ningún peligro de recesión. La mentira se ha convertido en una ola gigantesca que arrasa con todos y nos lleva a todos por delante.
El paro no deja de subir hasta niveles apocalípticos. El miedo, comprensible y hasta cierto punto necesario para poder actuar, se apodera de la sociedad. La situación no deja resquicio para el optimismo, aunque la sonrisa de Zapatero se convierta en algo así como el arco iris tras una tormenta.
Las calles se encuentran atestadas de personas que viven angustiadas ante el temor de perder el puesto de trabajo. Ya no tiene interés la salud. Mucho menos el amor. Lo que prima es mantener el trabajo a toda costa.
Desde Bruselas nos comunican, con cruda frialdad, que seremos el país que más va asufrir las consecuencias de este derrumbe del sistema. Éramos, hasta ayer, los más ricos, los más guapos y el presidente de más de once millones de españolitos invitaba a seguir consumiendo. Ahora nos encontramos con la realidad más lastimosa. Joaquín Almunia, que un día fue secretario general de los socialistas y aspirante a algo, informa que en Iberia Vieja las cuentas no salen y que la cosa irá a peor a medida que transcurra el tiempo.
El Comisario Europeo de Economía enseña los dientes cuando destila los datos que nos sitúan en el furgón de cola de la rica Europa.
Más allá de 2011 se encuentra el final del túnel. Antes, quizá, tendrán que celebrarse elecciones generales anticipadas. El pueblo, más pobre, espero que no más embrutecido,tendrá que decidir a quién pone en la Moncloa para controlar, siquiera un poco, el terrible desaguisado. Zapatero no ha anunciado todavía su deseo de no volver a presentarse. En el PP tienen a Mariano dispuesto a perder otra vez.
Si la economía va mal, la política española lleva tiempo sumida en el pantano del hedor eterno.
Lorenzo de Ara
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