domingo, 28 de marzo de 2010

EL EFECTO BOOMERANG Mayor deja en evidencia a una "general secretaria" con poco temple

LAEDICION.NET.-"Díme de qué presumes y te diré de qué careces", reza el refrán. El misil que el martes lanzó Jaime Mayor Oreja a la línea de flotación del Gobierno ha vuelto a poner sobre la mesa el empeño permanente de María Dolores de Cospedal por demostrar su fuerza en el Partido Popular.

Empeño que le ha hecho tropezar en ya demasiadas ocasiones, la última este miércoles pasado, cuando el propio Mariano Rajoy la desautorizó públicamente para detener el linchamiento que estaba sufriendo su portavoz en el Parlamento Europeo. Que el PSOE y el propio Ejecutivo se iban a cebar con él entraba en los planes del PP, pero que lo hiciera nada menos que la número dos del partido, no. Y menos desde los micrófonos de la COPE. Es cierto que la entrevista en la cadena de la Conferencia Episcopal estaba cerrada desde el lunes y cancelarla no habría sido forma de proceder. Pero Cospedal pudo optar por decir, como había hecho un día antes Antonio Basagoiti, que no compartía esa opinión del ex ministro del Interior. Y no habría pasado nada. En su lugar, prefirió el cañonazo.

Si en Génova sentaron mal las acusaciones de Mayor Oreja -por la solemnidad con la que las hizo y porque dio munición a los socialistas-, las palabras de Cospedal consiguieron que el enfado con el ex ministro se rebajase, pasando a ser la secretaria general el objeto del mismo. Para su preocupación y la del propio Rajoy, entre los populares está cada vez más extendida la opinión de que, más que ejercer de apagafuegos -lo que en teoría va en su cargo-, Cospedal se empeña en ejercer de pirómana cada vez que se enfrenta a una situación límite. No es la primera vez que lo demuestra, argumentan de puertas para adentro en el partido.

A Francisco Álvarez Cascos solían llamarle el "general secretario" por el poder que tenía en el partido. Poder que ejercía de puertas para adentro pero del que no necesitaba hacer alarde en público. En cambio, Cospedal acostumbra a lavar los trapos sucios fuera de casa, lo que le está granjeando no pocos enemigos, que ven cómo la secretaria general, en lugar de capitanear sus huestes, le pasa la munición y los planos de las posiciones a los artilleros del PSOE. Lo que se suma a su mejorable relación con algunos miembros de la Dirección nacional, como Ana Mato y Javier Arenas. Buena prueba de ello fue la forma que tuvo de condenar a la hoguera a Ricardo Costa el pasado mes de octubre: en la COPE y bajo la amenaza de emprender los "procedimientos disciplinarios" correspondientes en el caso de que se le ocurriera seguir ejerciendo como secretario general del PPCV.

Rajoy y Cospedal son como la noche y el día. El primero es tranquilo, dialogante y le gusta tomar las decisiones con la cabeza fría y sin dejarse presionar. Su número dos representa todo lo contrario: es impulsiva, visceral y no conoce de malabares, tan necesarios en el juego de la política. Además, se pierde ante los micrófonos. Para ella las cosas son blancas o negras, como lo demostró cuando hace unas semanas pidió suspender la Convención de Nuevas Generaciones cuatro días antes de su celebración, tras destaparse el positivo en un control de alcoholemia de su presidente, Nacho Uriarte, en un accidente de tráfico. Y todo para, finalmente, dar marcha atrás después de meterse ella sola en el barrizal.

Qué duda cabe de que a un secretario general de cualquier formación política le toca ejercer muchas veces de poli malo. Pero ese papel puede ejercerse de muchas formas sin pisar tantos callos como está haciendo la castellano-manchega. Este miércoles en Génova más de uno recordaba que cuando en verano ella destapó la caja de los truenos de las supuestas escuchas ilegales a dirigentes del PP, ni siquiera Rajoy osó reprenderla en público. Tampoco el resto de sus compañeros, que han preferido mirar hacia otro lado en su errática gestión de esa crisis. Por eso muchos no entienden por qué Cospedal se empeña en hacer lo que en aquel momento no le habría gustado que le hicieran a ella. Y mucho menos con alguien que, guste o no, representa un pedazo importante de la historia viva del Partido Popular y de su Gobierno al frente de España, donde fue uno de los ministros de Interior mejor valorados por la opinión pública.
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