Uno de los signos de los tiempos en esta batalla por el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano, lo encontramos en la confluencia entre la ciencia y la fe, que van unidas de la mano para afirmar la inviolabilidad de la vida, desde el instante de su concepción hasta su muerte natural. La ciencia, la auténtica ciencia, -y no aquella que está ligada a proyectos comerciales o a subvenciones públicas-, se ha pronunciado en estos días de una manera diáfana, a través de la llamada “Declaración de Madrid”, firmada por unos dos mil expertos en biomedicina, bioquímica y otras especialidades.
Paralelamente, la luz de Cristo nos permite reconocer la Ley Natural, que es negada a causa del eclipse de la razón, al que ha conducido la cultura de la muerte. La gracia de la fe y el Magisterio de la Iglesia resultan cada vez más necesarios para conocer la naturaleza del hombre. La ciencia y la fe aparecen más hermanadas que nunca.
sábado, 11 de abril de 2009
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