viernes, 10 de abril de 2009

La “cultura de la Vida” frente a la “cultura de la muerte”

La reivindicación del aborto y del suicidio, como si fueran derechos humanos, se encuadra en la llamada “cultura de la muerte”; que, poco a poco, se ha ido introduciendo entre nosotros, cambiando radicalmente los presupuestos de la cultura de la vida, de claras raíces cristianas. Utilizando una imagen muy gráfica, parece como si se hubiese procedido a cambiar el agua de la pecera, por otro líquido extraño, sin que “los peces” nos hubiésemos percatado de ello. ¡Tal ha sido la inversión de valores que se está produciendo en pocas décadas!
Pero tengamos en cuenta que la cultura de la muerte no se manifiesta exclusivamente en el aborto o en otras acciones criminales. Por muy “a favor de la vida” que nos consideremos los aquí presentes, descubrimos que en nuestra vida diaria pueden darse determinadas opciones, deudoras de los mismos antivalores que sustentan la cultura de la muerte. Me permito señalaros algunas de ellas, a modo de examen de conciencia. (¡El que esté libre de pecado que tire la primera piedra!):
1º.- ¿Me alegro de la existencia de todos, sin excepción? ¿Soy capaz de decir, de todos y cada uno: “¡Qué bueno es que existas!”?
2º.- ¿Valoro la vida, más por el “ser” que por el “tener”?
3º.- ¿Respeto la dignidad, la singularidad y la libertad del prójimo, o lo utilizo a mi servicio y capricho?
4º.- Puesto que los cristianos consideramos que la vida es un regalo del amor de Dios, ¿vivo, en consecuencia, alegre y agradecido; o, por el contrario, arrastro amarguras y tristezas?

Por todo ello… porque queremos apostar por la cultura de la Vida frente a la cultura de la muerte, nos disponemos a hacer un gesto hondamente significativo en el momento final de esta Vigilia: descenderemos en procesión hasta la cripta de San Antolín, que nos evoca la primitiva iglesia palentina, las raíces de nuestra fe… En ese lugar se ha predicado de forma ininterrumpida durante siglos, la sacralidad de la vida. ¿Vamos a cortar ahora con las raíces de nuestra fe y de nuestra cultura, después de dos mil años de transmisión del Evangelio de la Vida?
Que nuestra existencia sea un canto de gratitud a Dios, nuestro creador, así como a nuestras madres, que tomaron a María como modelo de apertura y de acogida al don la vida. Que Ella nos conceda la gracia de ser, en este momento crucial de la historia de España, “apóstoles de la vida”, capaces de gritar ante quien quiera escucharnos: ¡Hosanna! ¡Sí a la Vida! ¡Viva la vida!”

Keka Lorenzo de Astorga

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