Desde el espacio de Buenafuente, José Sacristán, desdiciéndose de su nombre y apellido, ha desenterrado su particular repertorio del buen ateo que bien podría rivalizar con los lemas publicitarios de los famosos autobuses. Dios, que no suele protestar a voces y sólo se deja oír en las conciencias, y al que no es muy recomendable ofender por aquello del Gran Juicio que nos espera, es agredido en la calle y en nuestros propios hogares, a horas intempestivas, designándole como peso gravoso que impide el disfrute humano. Pero en algo aciertan: Dios premiará con un regocijo ilimitado a aquellos que saben negarse por alcanzar la Gloria. Mientras que los infelices esclavos del placer y la sensualidad, del orgullo y la ira, de la impiedad y del odio jamás gozarán del inefable Paraíso cuya maravilla san Pablo fue incapaz de describir y desde el cual hoy, con su fiesta aún reciente, asiste atónito al debate inútil de los contra-Dios.
Ana Coronado
martes, 27 de enero de 2009
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